Análisis funcional en términos psicológicos.

enrique solís en terapia asistida caminando junto con perro de IAA y un usuario

 

Introducción

Entender el adiestramiento como un procedimiento unidireccional puede, en mi opinión, constituir una manera incompleta de conceptualizar la interacción organismo-medio:

Asumir que durante las sesiones de adiestramiento nuestro perro está sujeto a las reglas que impone el condicionamiento operante pero nosotros no, supone una visión simplista de los acontecimientos.

Dicho de otra forma, el hecho de tener el “poder” de aplicar las Leyes del Comportamiento de una manera explícita por nuestra parte conlleva, a veces, a pensar que únicamente somos una fuente dispensadora de órdenes y refuerzos.

Esto sugiere que las reglas que los humanos aplicamos controlan la conducta del perro, y aún siendo cierto, no lo es menos el hecho de que dichas reglas se forman y moldean en base a las mismas leyes que hacen que funcionen.

Yo podría decirle a un amigo: “¿Has visto? Controlo la conducta de mi perro; si quiero que me de la pata sólo tengo que darle un trozo de comida después”. Así como mi perro podría decirle a un amigo suyo: “Mira, ¿ves a mi dueño? Controlo su conducta; si quiero que me de algo de comer sólo tengo que levantar la pata”.

La idea fundamental de todo esto es que existe una relación bidireccional en el adiestramiento – así como en todas las interacciones de la vida en general – que hace posible la socialización intra e inter-especies.

Éste razonamiento puede resultar evidente como concepto teórico, pero su significado práctico va desapareciendo a medida que aumenta nuestra percepción de amenaza a la auto-estima. Pensar que nuestras acciones se rigen por las de un animal no es algo aceptado por todos, aunque al negarlo lo estemos convirtiendo en realidad…

Análisis-desarrollo conceptual y funcional

Partiendo de la base de que todos los animales (humanos o no) atendemos a las mismas Leyes a la hora de comportarnos (aunque la topografía de las respuestas difiera entre especies), podemos afirmar que al igual que es posible analizar funcionalmente los términos de contingencia que intervienen en la adquisición, mantenimiento y extinción de la conducta canina, también es posible hacerlo con la nuestra:

Lo que comúnmente se llaman “señales” u “órdenes”, que son estímulos discriminativos para el perro que las recibe, son también una emisión de una conducta como otra cualquiera por nuestra parte. Dicha conducta, como tal, está sujeta a las mismas reglas que hacen que se convierta en un estímulo discriminativo para el perro.

Por ello, es susceptible de hacerse más o menos probable, de extinguirse, modificarse, o producirse sólo en algunas determinadas circunstancias.

Tomando ésta perspectiva, si la conducta de “dar una órden” se mantiene es porque hacerlo es reforzado al observarse un cambio en el comportamiento del perro.

Hasta aquí tenemos que, atendiendo a determinadas circunstancias (estímulos discriminativos para nosotros), los humanos realizamos la conducta de “dar una orden” (estímulo discriminativo para el animal), la cual es reforzada con la conducta del perro. Dicha conducta (la del perro), también funciona como una señal para que nosotros le premiemos (lo que constituye otra conducta distinta por nuestra parte).

No es de extrañar, pues, que un perro sea capaz de extinguirnos la conducta de “dar una determinada órden” si no nos hace caso o nos castigue ofreciéndonos una conducta alternativa que nosotros no le hemos pedido.

Todo ello hace que acabemos buscando esos momentos en los que “estamos seguros” de que nos va a hacer caso; lo que aquí sucede es que ciertas claves del entorno (el momento del día o la actitud de nuestro perro, por ejemplo) nos van a proporcionar la información necesaria para saber cuándo debemos emitir la conducta de dar una órden y cuando no. Dichas circunstancias tendrían la función de estímulo discriminativo ante nosotros, y acaban adquiriendo el mismo valor psicológico que poseen nuestras órdenes para los perros. Nada cambia… nosotros controlamos la conducta de nuestros perros al igual que ellos controlan la nuestra.

Considero que, teniendo un mínimo conocimiento acerca de ésta relación, entendida como un conjunto dinámico de funciones estimulares, se puede llegar a optimizar el entrenamiento, o lo que viene a ser lo mismo, se puede llegar a conseguir una mejor educación para nuestros perros y (ni menos ni más importante) para nosotros mismos.

Todo éste análisis, además, puede aplicarse a cualquier elemento nuevo que introduzcamos en las sesiones de adiestramiento, como por ejemplo el clicker.

En el caso concreto del clicker, añadimos un término de contingencia más a nuestro modelo de condicionamiento operante. Ello puede hacer que nos resulte un poco más complejo analizar en qué medida dicho elemento supone un estímulo con una función concreta para nosotros, los humanos.

Como todos sabemos, el clicker acaba convirtiéndose (tras sucesivos emparejamientos con un reforzador primario como la comida) en un reforzador secundario – o condicionado – que “marca” el comportamiento exacto que consideramos como criterio para reforzar la conducta en cuestión.

Sin embargo, el hecho de apretar el clicker es también conducta por nuestra parte.

Muchos errores asociados al uso de ésta potente herramienta de adiestramiento pueden ser explicados si atendemos a la perspectiva bidireccional a la que hago alusión en éste artículo. Errores muy comunes como por ejemplo “en el timing”, se pueden llegar a predecir y controlar haciendo un adecuado análisis funcional desde la perspectiva del humano durante las sesiones.

Probablemente se encuentren determinados estímulos que adquieren a lo largo de nuestra historia de aprendizaje una función discriminativa para la conducta de apretar el clicker. Si somos capaces de identificarlos y tenemos el conocimiento para saber qué debemos hacer para cambiar su función, es muy posible que cada vez afinemos más y consigamos un nivel mucho mayor de rendimiento.

Está bastante aceptada (afortunadamente) la idea de que si el entrenamiento no va todo lo bien que debería no es por culpa del perro sino nuestra.

Sin embargo, no abundan las tentativas de explicación por nuestra parte para dar respuesta a la pregunta de “por qué lo hago mal”.

Se ha dado un paso muy importante a la hora de describir los problemas, esto es, asumir que lo que pasa cuando nos encontramos con algún imprevisto en las sesiones de adiestramiento es culpa nuestra. Además, la mayoría de las veces los profesionales llegan a darse cuenta de qué es exactamente lo que están haciendo mal.

Una vez llegados a ése punto, lo interesante sería ir más allá y dar una explicación de por qué pasa lo que pasa, con el propósito de llegar a predecirlo y controlarlo en el futuro.

La clave está en atender a la estimulación que controla nuestra conducta y que, por ende, es la responsable de nuestras acciones. Hay que ser conscientes de que cuando estamos entrenando, el perro no es el único que está aprendiendo y atendiendo a unas determinadas reglas; nosotros también lo hacemos.

Si conseguimos saber por qué hacemos las cosas mal y logramos evitarlo, el trabajo será mucho más fluido y nuestra relación con el perro será en consecuencia mucho más agradable. Su comportamiento cada vez será más reforzante para nosotros, así como lo será el hecho de conseguir solventar nuestros fallos en base a que sabemos de dónde provienen.

 

Reflexiones y consideraciones finales

Existe un amplio debate dentro del mundo canino (en el cual no voy a entrar), acerca de las distintas posibles teorías que explican el comportamiento animal. Me sorprende mucho que todas ellas, de alguna manera u otra, se tratan de una manera muy poco ligada a la Psicología.

Sabemos, tras décadas de estudios científicos, que la Psicología ha sido capaz de dar explicación a un amplio abanico de fenómenos comportamentales de los organismos (animales humanos y animales no-humanos).

Sabemos también que la Psicología, como disciplina científica, puede proporcionar explicaciones básicas del comportamiento animal en general, y más en concreto en el caso que nos concierne, del perro en particular.

Mi conclusión es que cualquier teoría acerca del aprendizaje canino que pueda ser considerada meramente especulativa y no con carácter empírico, además de no ser ciencia (dada la imposibilidad de su refutación), acaba centrándose en algunos aspectos abstractos que no llevan a ninguna parte y que además, dejan de lado el 50% de la relación en el adiestramiento al no tenerla en cuenta. Dicho 50% , por supuesto, somos las personas. El adiestramiento es lo que es gracias a la relación recíproca entre 2 individuos, perro y hombre (u hombre y perro).

Ya por último, sólo me queda decir que éste artículo tiene únicamente carácter divulgativo y de opinión, cuyo contenido está basado en ideas subjetivas y que no tiene la intención de sustituir o contradecir los diferentes puntos de vista que pudieran tener otros autores o lectores.

Eduardo Polín Alía
Educador canino 

 

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